Relación entre la victimización infantil y la violencia de pareja en población adulta de Argentina

Relationship between child victimization and intimate partner violence in the adult population of Argentina

Relação entre a vitimização infantil e a violência do parceiro íntimo na população adulta da Argentina

Fecha de recepción: 2022/01/10 1 Fecha de evaluación: 2022/05/18 1 Fecha de aprobación: 2022/07/08

Jorge A. Bruera

Becario Doctoral, Instituto de Investigaciones Psicológicas (IPIS)

Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET),

Córdoba, Argentina

bruerajorge@gmail.com

https://orcid.org/0000-0002-2463-7781

Antonella Bobbio

Doctora en Psicología

Profesora, Universidad Nacional de Córdoba

Córdoba, Argentina

antonellabobbio@hotmail.com

https://orcid.org/0000-0003-4121-9482

Karin Arbach

Doctora en Psicología

Profesora, Universidad Nacional de Córdoba

Córdoba, Argentina

k_arbach@hotmail.com

https://orcid.org/0000-0003-1753-4693

Para citar este artículo / To reference this article / Para citar este artigo: Bruera, J., Bobbio, A., & Arbach, K. (2022). Relación entre la victimización infantil y la violencia de pareja en población adulta de Argentina. Revista Criminalidad, 64(3), 79-94.https://doi.org/10.47741/17943108.367

Resumen

Introducción: La violencia de pareja (VP) perpetrada y sufrida es un problema de salud pública mundial. Una de las variables asociadas más estudiadas ha sido la victimización infantil-juvenil (VI). Objetivo: Analizar el rol de la VI en la VP en población general de Argentina, considerando a las modalidades específicas de violencias tanto sufridas, como ejercidas, y a posibles diferencias entre hombres y mujeres. Método: Se encuestó a 243 adultos de Argentina. Se evaluaron sus datos sociodemográficos, la VI y la VP perpetrada y sufrida en la adultez, mediante el Juvenile Victimization Questionnaire (JVQ) y la Conflict Tactics Scale (CTS2). Se llevaron a cabo análisis bivariados y multivariados para calcular asociaciones entre las variables. Resultados: Un 99% de la muestra total indicó haber sufrido al menos un acto de VI, sin diferencias entre los sexos. En cuanto a la VP perpetrada y sufrida, ambos sexos presentaron prevalencias similares, con la única excepción de la violencia sexual perpetrada, significativamente mayor en varones (41.70%) que en mujeres (19.10%). Las asociaciones registradas entre VI y VP fueron específicas. Conclusiones: Las asociaciones sugieren que determinados tipos de VI constituyen un factor de riesgo para ciertos tipos de VP en la adultez. Se discuten las implicancias de los hallazgos para la prevención y la investigación.

Palabras claves:

Efectos de la victimización, violencia en el noviazgo, violencia doméstica, encuestas (victimización), encuestas sobre delincuencia (fuente: Tesauro del Instituto Interregional de las Naciones Unidas para Investigaciones sobre la Delincuencia y la Justicia – UNICRI).

Abstract

Introduction: Perpetrated and experienced intimate partner violence (IPV) is a global public health problem. One of the most studied associated variables has been child-juvenile victimization (CV). Objective: To analyze the role of IPV in IPV in the general population of Argentina, considering the specific modalities of violence both suffered and perpetrated, and possible differences between men and women. Method: We surveyed 243 adults in Argentina. Their sociodemographic data, the VI and the VP perpetrated and suffered in adulthood were assessed by means of the Juvenile Victimization Questionnaire (JVQ) and the Conflict Tactics Scale (CTS2). Bivariate and multivariate analyses were conducted to calculate associations between variables. Results: 99% of the total sample indicated having suffered at least one act of VI, with no differences between sexes. Regarding perpetrated and suffered PV, both sexes presented similar prevalences, with the only exception of perpetrated sexual violence, which was significantly higher in males (41.70%) than in females (19.10%). The associations recorded between VI and VP were specific. Conclusions: The associations suggest that certain types of VI constitute a risk factor for certain types of VP in adulthood. Implications of the findings for prevention and research are discussed.

Keywords:

Victimization effects, dating violence, domestic violence, surveys (victimization), crime surveys (source: Criminological Thesaurus - United Nations Interregional Crime and Justice Research Institute- UNICRI).

Resumo

Introdução: A violência do parceiro íntimo (IPV) perpetrada e vivenciada é um problema de saúde pública global. Uma das variáveis associadas mais estudadas tem sido a vitimização de crianças e adolescentes (CV). Objetivo: Analisar o papel do IPV na população geral da Argentina, considerando as modalidades específicas de violência tanto sofridas como perpetradas, e as possíveis diferenças entre homens e mulheres. Método: 243 adultos na Argentina foram pesquisados. Seus dados sociodemográficos, VI, e a violência perpetrada e sofrida na vida adulta foram avaliados utilizando o Questionário de Vitimização Juvenil (JVQ) e a Escala de Táticas de Conflito (CTS2). Foram realizadas análises bivariadas e multivariadas para estimar associações entre as variáveis. Resultados: 99% da amostra total relatou ter experimentado pelo menos um ato de VA, sem diferenças de gênero. Em termos de IPV perpetrado e experimentado, ambos os sexos mostraram prevalências semelhantes, com a única exceção da violência sexual perpetrada, que foi significativamente maior nos homens (41,70%) do que nas mulheres (19,10%). As associações registradas entre VI e VP foram específicas. Conclusões: As associações sugerem que certos tipos de VI são um fator de risco para certos tipos de IPV na vida adulta. São discutidas as implicações dos resultados para a prevenção e a pesquisa.

Palavras-chave:

Efeitos da vitimização, violência no namoro, violência doméstica, pesquisas (vitimização), pesquisas sobre crimes (fonte: Thesaurus Criminológico - Instituto Inter-regional de Pesquisa em Crime e Justiça das Nações Unidas - UNICRI).

Introducción

La violencia de pareja (VP) es un problema de salud pública a nivel mundial (Simpson Rowe & Jouriles, 2019). La OMS (2021) estima que aproximadamente el 30% de las mujeres del mundo han sido víctimas de violencia física o sexual por parte de su pareja en algún momento de su vida. Una revisión de encuestas nacionales sobre VP física o sexual sufrida por las mujeres encontró, entre los 24 países participantes, una elevada variabilidad de la prevalencia informada, que oscilaba entre el 17% en Brasil y el 40% en Ecuador (Bott et al., 2019). Las estimaciones de las tasas mencionadas se han realizado con diferentes versiones del Conflict Tactics Scale (CTS; Straus et al., 1996). Este instrumento tiene un uso extendido en la literatura científica y ha sido empleado en muestras de agresores y de controles, y así ha sido posible discriminar ambos grupos en la VP reportada. Por ejemplo, un estudio en España, conformado por 173 agresores condenados, comparó la prevalencia de VP con un grupo de 108 varones de población general sin antecedentes (Loinaz et al., 2012). Se encontró que en el grupo de agresores había una frecuencia media de nueve conductas en VP física reportada, frente al 1,5 informado por el grupo control. Otro estudio empleó una muestra de 12 hombres con sentencia por delito de violencia de género en España. Entre los hallazgos, se encontró que la CTS es un instrumento útil para realizar evaluaciones pre y postratamiento (Arias & Expósito Jiménez, 2008).

Específicamente en Argentina, el 26% de encuestadas reportó haber sufrido VP física. Similarmente, otro estudio en este país con una muestra de casi 1.000 universitarios, encontró que el 29% de las mujeres y el 27% de los varones informaron haber sufrido al menos una forma de violencia física por parte de su pareja (Arbach et al., 2015).

Un hallazgo sostenido en la literatura científica es la similitud en las tasas de VP física reportadas por hombres y mujeres. Este fenómeno se ha descrito en poblaciones diversas, por ejemplo en muestras de adolescentes (Rubio-Garay et al., 2017), jóvenes universitarios (Straus, 2008) y adultos de población general (Desmarais et al., 2012a, 2012b). Estos resultados soportan la hipótesis de la bidireccionalidad de la violencia de pareja: hay casos de violencia entre los miembros de una pareja en los que es muy probable que esa violencia sea mutua y, en la mayoría de los casos, del hombre hacia la mujer (Arbach et al., 2015; Straus, 2008).

Se han identificado múltiples factores de riesgo de la VP: por ejemplo, ser joven, tener bajo nivel socioeconómico, abusar de sustancias, registrar antecedentes de conducta antisocial y tener creencias distorsionadas que aprueban la VP (Capaldi et al., 2012; Schumacher et al., 2001; Stith et al., 2004; Vagi et al., 2013). Uno de los factores más estudiados ha sido la victimización infantil-juvenil (VI) (Capaldi et al., 2012; Li et al., 2019, 2020; Smith-Marek et al., 2015; Stith et al., 2000). A nivel mundial, alrededor del 50% de niños y adolescentes entre los 2 y los 17 años sufren victimización durante su infancia (OMS, 2020). En países anglosajones las encuestas representativas a nivel nacional muestran prevalencias alarmantes de VI. En Canadá, por ejemplo, se registró una prevalencia del 76% de algún tipo de VI en una muestra de 1.400 niños, niñas y adolescentes (Cyr et al., 2013). En Reino Unido, la prevalencia informada de al menos una experiencia de VI a lo largo de la vida fue de un 83%, en una muestra representativa compuesta por 2.160 cuidadores, 2.275 adolescentes y 1.761 jóvenes adultos (Radford et al., 2013). La misma proporción se encontró en una muestra conformada por 1.107 adolescentes de población comunitaria de España (Pereda et al., 2014), y esa proporción alcanzó el 93% en una muestra de 19.648 adolescentes chilenos de entre 12 y 18 años (Pinto-Cortez et al., 2022). En Argentina, se estima que la mitad de los niños de entre 2 y 14 años ha sufrido violencia física por parte de sus padres o cuidadores (UNICEF, 2017). Un estudio local que usa una muestra de 824 jóvenes universitarios (74.5% mujeres) encontró que el 98% de la muestra reportó al menos una experiencia de VI (Bobbio et al., 2022). Actualmente existe un debate en la literatura en torno a la magnitud de este fenómeno en población general (Pereda, 2019; Segura et al., 2018). Tradicionalmente los estudios citados han utilizado instrumentos exhaustivos que exploran diversas experiencias de VI que pueden ocurrir durante un mismo periodo; este fenómeno ha sido denominado polivictimización (Finkelhor, Ormrod, et al., 2005).

La proporción de niños, niñas y adolescentes víctimas de alguna forma de violencia es variable en función del sexo y el tipo de violencia. Mientras que los varones reportan mayores tasas de VI en general, las mujeres presentan una mayor prevalencia en algunas formas específicas de victimización como la sexual o la sufrida en Internet, (Cyr et al., 2013; Pereda et al., 2014; Pinto-Cortez et al., 2022; Radford et al., 2013).

Los estudios de revisión reportan de manera relativamente consistente una asociación de magnitud leve a moderada entre la VI y la VP (r = .19 - .26) (Capaldi et al., 2012; Smith-Marek et al., 2015; Stith et al., 2000). A su vez, estas revisiones se enfocan principalmente en experiencias de VI en el entorno familiar —como la violencia ejercida por los padres hacia sus hijos—. La asociación entre la VI y la VP ha dado lugar a la formulación de la hipótesis sobre la transmisión intergeneracional de la violencia (Kalmuss, 1984), quien postula que sufrir experiencias de victimización durante la niñez aumenta la probabilidad de perpetrar o sufrir estos actos en las relaciones de pareja durante la adultez (Loinaz & Andrés-Pueyo, 2017). Este hallazgo puede explicarse por la teoría del aprendizaje social (Bandura, 1973) que propone que las personas aprenden conductas violentas mediante procesos como el aprendizaje vicario, el modelado y el condicionamiento directo de la conducta. Los niños que sufren y son testigos de violencia aprenden e imitan este tipo de comportamientos; perciben erróneamente estos hechos o justifican la agresión como una forma aceptable y legítima de resolver conflictos en entornos interpersonales como la familia y, más específicamente, la pareja.

Muchos estudios no distinguieron las modalidades específicas de VI o de VP en las asociaciones exploradas (Capaldi et al., 2012; Smith-Marek et al., 2015; Stith et al., 2000). Excepcionalmente, en dos metaanálisis se revisaron 46 estudios que exploraban la asociación entre cuatro tipos de VI (abuso físico, psicológico, sexual y negligencia) y la VP sufrida (Li et al., 2019), y en 63 estudios se exploraba la asociación entre esas cuatro modalidades de VI y la VP perpetrada (Li et al., 2020). Los resultados demuestran que la VI física, psicológica, sexual y el trato negligente se asocian con la VP perpetrada y sufrida (r = .12 - .19). A pesar de aportar evidencia sobre formas específicas de VI, estos estudios no distinguen diferentes tipos de VP (por ej. física o sexual). Con la finalidad de lograr una mayor especificidad en la exploración de las asociaciones entre estas variables, se ha sugerido que, además, se debería diferenciar entre tipos específicos VP, como la física y la sexual (Smith-Marek et al., 2015).

En una búsqueda bibliográfica en Google Scholar y EBSCO Psychology and Behavioral Science Collection, no se encontraron estudios en Latinoamérica que exploren la posible asociación entre la VI y la VP. Las elevadas cifras a nivel poblacional de la violencia en esta región muestran la necesidad de contar con estudios que permitan esclarecer la presencia, la naturaleza y la magnitud de esta relación. Por lo anterior, el objetivo de este trabajo deriva de la hipótesis de la transmisión intergeneracional de la violencia, y se orienta a analizar el rol de la VI en la VP en población general de Argentina, con especial atención a las modalidades específicas de violencias tanto sufridas como ejercidas, y a posibles diferencias entre hombres y mujeres.

Materiales y métodos

Participantes

Un total de 246 personas de población general, mayores de 18 años, de ambos sexos, de Argentina, respondieron de manera voluntaria y anónima una encuesta disponible en formato presencial y en línea. Tras remover tres participantes que dejaron en blanco más del 5% de los ítems de al menos un instrumento de recolección de datos, la muestra final quedó conformada por 243 respondientes, de los cuales 183 eran mujeres (75.30%) y 60 eran varones (24.70%).

La tabla 1 muestra las características sociodemográficas de los participantes. Los varones eran significativamente mayores en edad que las mujeres. También se identificaron diferencias estadísticamente significativas en el nivel educativo, pues las mujeres tenían mayor nivel educativo.

Variables

Datos sociodemográficos

Se utilizó un cuestionario diseñado ad-hoc para recabar información sobre el sexo, la edad, la orientación sexual, el nivel educativo completado y la situación económica autopercibida (tabla 1).

Tabla 1

Características sociodemográficas de los participantes según sexo.

Características

Muestra total

Varones

Mujeres

Edad

M

DE

M

DE

M

DE

28.1

7.5

29.5

8.2

27.6

7.2

t (89.2) = 1.6; p = .01

Orientación sexual

N

(%)

n

(%)

n

(%)

Heterosexual

216

88.9

49

84.5

167

91.8

Homosexual

14

5.8

5

8.6

9

4.9

Otro

10

4.1

4

6.9

6

3.3

χ2 (2) = 2.65, p = .27

Nivel educativo completado

Primario

30

12.3

13

21.7

17

9.3

Secundario

88

36.2

22

36.7

66

36.1

Universitario

150

61.7

25

41.7

100

54.6

χ2 (2) = 7.09, p = .03

Situación económica autopercibida

Mala o muy mala

10

4.1

2

3.3

8

4.4

Regular

83

34.2

22

36.7

61

33.3

Buena o muy buena

150

61.7

36

60.0

114

62.3

χ2 2) = 0.30, p = .86

Nota. Se resaltan en negrita las diferencias significativas.

Victimización infanto-juvenil

Se empleó la versión adaptada al español del Cuestionario de Victimización Infanto-Juvenil (Finkelhor, Hamby, et al., 2005), validada y elaborada por el Grupo de Estudios en Victimización Infantil y Adolescente (GrEVIA) de la Universidad de Barcelona (Pereda et al., 2014). El instrumento está conformado por 36 ítems. Cada uno de los ítems describe una forma de victimización a la cual el sujeto puede haber sido expuesto desde el nacimiento y hasta los 18 años. Los ítems se agrupan en seis subescalas (entre paréntesis están los rangos posibles de ítems o victimizaciones): delitos comunes (0-9), victimización por parte de cuidadores (0-4), victimización por parte de padres y hermanos (0-6), victimización sexual (0-6), exposición a la violencia (0-9) y victimización a través de las nuevas tecnologías (0-2). Quien responde debe indicar si ha experimentado el evento que se menciona en cada ítem, con base en seis opciones de respuesta: desde “No, nunca” hasta “5 veces o más”. En este estudio, se identificaron índices de consistencia interna (de aceptables a buenos) tanto para el instrumento total (α = .85), como para las subescalas (α = .70 hasta α = .75), con excepción de la subescala de victimización por cuidadores cuyo índice resultó limitado (α = .59) (George & Mallery, 2003).

Violencia de pareja

Para este fenómeno, se usó la versión argentina de la Escala Revisada de Tácticas de Resolución de Conflictos (CTS2) (Bobbio et al., 2019; Straus et al., 1996). La CTS2 está compuesta por 78 ítems, y sirve para evaluar, de manera retrospectiva, la frecuencia de diferentes conductas perpetradas (39 ítems) y sufridas (39 ítems) en la resolución de conflictos en relaciones de pareja. El instrumento agrupa estas conductas en cinco subescalas: negociación (12 ítems), agresión psicológica (16 ítems), violencia física (24 ítems), coerción sexual (14 ítems) y lesiones resultantes (12 ítems). La persona que responde debe señalar cuántas veces ocurrió la conducta descrita en cada ítem, de acuerdo con siete opciones de respuesta. Las seis primeras opciones tienen que ver con el último año de la relación de pareja, y la escala es la siguiente: desde “Nunca ha ocurrido durante la relación” a “Ocurrió más de 20 veces”. Por otro lado, la última opción refiere a algún momento anterior al último año: “No ocurrió en el último año de la relación, pero sí antes”. En este trabajo se utilizaron las subescalas de violencia física y coerción sexual que presentaron índices buenos de confiabilidad en cuanto a las subescalas de violencia física perpetrada (α = .78) y sufrida (α = .84). Sin embargo, también son patentes los índices de consistencia bajos para la subescala de coerción sexual tanto perpetrada (α = .40), como sufrida (α = .64) (George & Mallery, 2003).

Procedimiento

Los datos fueron recogidos mediante un muestreo no probabilístico. En primer lugar, se invitó a contactos personales a completar una encuesta en formato lápiz y papel. Además, a través de las redes sociales WhatsApp y Facebook, se difundió una invitación con el link de la encuesta en formato online. Para llenar la encuesta, se requería la firma del consentimiento informado, atendiendo a la normativa ética vigente para las investigaciones sociales (American Psychological Association, 2017; Congreso de la Nación Argentina, 2000).

Análisis de datos

El procesamiento y el análisis de datos se realizaron con el programa estadístico informatizado Statistical Package for the Social Sciences (SPSS) versión 22 (IBM Corp., 2013). Para los 20 casos en los que los participantes dejaron en blanco 4 ítems o menos del JVQ o de la CTS2, los valores fueron imputados por la moda de la subescala a la cual pertenecía el ítem sin responder.

Posteriormente, se calcularon las prevalencias de VI (del total y de cada subescala del JVQ) y de VP perpetrada y sufrida (subescalas de violencia física y de coerción sexual de la CTS2) mediante el cálculo de frecuencias absolutas y relativas (tabla 2 y tabla 3). La prevalencia es la presencia de al menos una conducta evaluada. La prevalencia se obtiene al dicotomizar las puntuaciones en cada escala o subescala (0 = nunca ocurrió la violencia evaluada; 1 = la violencia evaluada ocurrió al menos una vez). Para la CTS2, se estimó la prevalencia de violencia durante toda la relación de pareja. Por lo tanto, la última opción de respuesta (“No ocurrió en el último año de la relación, pero sí antes”) es considerada como una respuesta positiva. A partir de las puntuaciones en el JVQ fue posible estimar el promedio de victimizaciones sufridas, tanto totales como en cada modalidad o subescala (tabla 2).

Las variaciones entre varones y mujeres en las prevalencias de VI y VP se analizaron mediante tablas de contingencia, la prueba chi cuadrado (X2) para el contraste de hipótesis, y la estimación de la probabilidad de riesgo mediante el estadístico Odds Ratio (OR) y sus intervalos de confianza al 95%. La diferencia entre grupos del promedio de VI fue estimada mediante la prueba de comparación de medias t de Student.

Por último, para explorar efectos diferenciales de tipos específicos de VI sobre tipos específicos de VP, se realizó una serie de análisis de regresión logística binaria. Se emplearon como criterios los diferentes tipos de VP perpetrada y sufrida dicotomizados, y como variables antecedentes o predictoras las puntuaciones continuas de las subescalas del JVQ y el sexo (0: mujer, 1: varón) (tabla 4). Los predictores se introdujeron de acuerdo con el método condicional hacia adelante, con el fin conocer el aporte de cada una de ellos, a la vez que se controlaba el efecto de las demás variables (Berlanga-Silvente & Vilá-Baños, 2014).

Resultados

Victimización infanto-juvenil

La tabla 2 presenta los resultados en el JVQ. Los datos en las columnas 1 a 3 describen las frecuencias y las prevalencias de victimizaciones (presencia de al menos una experiencia) para la muestra total (columna 1) y diferenciadas por sexo (columnas 2 y 3). La columna 4 detalla los valores de Odds Ratio para la comparación de la probabilidad de riesgo entre varones y mujeres en la victimización total y en cada subescala. Las columnas 5 a 7 describen los promedios de la victimización total y de cada subescala. Los promedios de victimizaciones se presentan para la muestra total (columna 5) y se diferencian por sexo (columnas 6 y 7). Más abajo se muestran los valores del estadístico t de student para la comparación de media entre varones y mujeres.

Tabla 2

Prevalencia y promedio de victimizaciones totales y por subescalas estimadas para la muestra total y para cada sexo.

Subescalas de
victimizaciones

Prevalencia de victimizaciones

Promedio de victimizaciones

Muestra total

Varones

Mujeres

OR (IC 95%)

Muestra total

Varones

Mujeres

n (%)

n (%)

n (%)

M (DE)

M (DE)

M (DE)

Total de cualquier tipo de victimización

241 (99.20)

60 (100.00)

181 (98.90)

1.67 (0.08-35.20)

11.19 (5.44)

12.87 (6.16)

10.64 (5.08)

t (241) = 2.79; p < .01

Delitos comunes

232 (95.50)

58 (96.70)

174 (95.10)

1.50 (0.32-7.14)

3.88 (2.16)

4.53 (2.43)

3.67 (2.02)

t (87.51) = 2.50; p <.05

Victimización por cuidadores

154 (63.40)

45 (75.00)

109 (59.60)

2.04*
(1.06-3.92)

1.11 (1.09)

1.33 (1.08)

1.04 (1.09)

t (241) = 1.82; p =.07

Victimización por pares

209 (86.00)

55 (91.70)

154 (84.20)

2.07 (0.76-5.62)

2.26 (1.46)

3.05 (1.63)

1.99 (1.30)

t (84.91) = 4.56; p <.010

Victimización sexual

124 (51.00)

25 (41.70)

99 (54.10)

0.61 (0.33-1.09)

0.98 (1.23)

0.77 (1.17)

1.04 (1.24)

t (241) = -1.52; p =.13

Victimización indirecta

207 (85.20)

51 (85.00)

156 (85.20)

0.98 (0.43-2.22)

2.58 (1.83)

2.90 (1.99)

2.48 (1.76)

t (241) = 1.57; p =.12

Victimización online

71 (29.20)

11 (18.30)

60 (32.80)

0.46*
(0.22-0.95)

0.39 (0.65)

0.28 (0.64)

0.42 (0.66)

t (241) = -1.42; p =.16

Nota. *p < 0.05. Se resaltan en negrita las asociaciones y las diferencias significativas.

En cuanto a la prevalencia estimada con el JVQ, un 99% indicó haber sufrido al menos un acto de victimización durante su infancia (varones: 100%; mujeres: 99%). A nivel de subescalas, se registró un porcentaje significativamente mayor de varones (75%) que de mujeres (60%) que reportaron victimización por parte de cuidadores, y un mayor porcentaje de mujeres (33%) que de varones (18%) que reportaron victimización online.

Con respecto al promedio de victimizaciones totales, la muestra completa reportó una media de 11 victimizaciones (DE = 5.44), que en el caso de los varones alcanzó las 13 (DE = 6.16) diferenciándolos significativamente de las mujeres (M = 10.64; DE = 5.08). En cuanto a las subescalas, los varones reportaron una media significativamente mayor de delitos comunes (M = 4.53; DE = 2.43) y victimizaciones por pares (M = 3.05; DE = 1.63) que las mujeres (M = 3.67; DE = 2.02; y M = 1.99; DE = 1.30, respectivamente).

Violencia de pareja

La tabla 3 describe los datos recogidos a través del CTS2. Se presentan las frecuencias y prevalencias en cada subescala para la muestra total (columna 1), y de acuerdo con el sexo (columnas 2 y 3). La columna 4 detalla los valores de Odds Ratio para la comparación de la probabilidad de riesgo entre varones y mujeres en el tipo de violencia de pareja especificado. Ambos grupos presentaron prevalencias similares de VP, tanto perpetrada como sufrida, con la única excepción de la violencia sexual perpetrada, que se presentó en una proporción significativamente mayor en varones (41.70%) que en mujeres (19.10%).

Tabla 3

Prevalencias de violencia de pareja perpetrada y sufrida en la muestra total y según sexo.

Muestra total

Varones

Mujeres

OR (IC 95%)

n (%)

n (%)

n (%)

Conductas perpetradas

Violencia física

102 (42.00)

19 (31.70)

83 (45.40)

0.56 (0.30-1.03)

Coerción sexual

60 (24.70)

25 (41.70)

35 (19.10)

3.02*** (1.61-5.68)

Conductas sufridas

Violencia física

90 (37.00)

21 (35.00)

69 (37.70)

0.89 (0.48-1.64)

Coerción sexual

85 (35.00)

20 (33.30)

65 (35.50)

0.91 (0.49-1.68)

Nota. *p < 0.05 ** p < 0.01 *** p <0.001. Se resaltan en negrita las asociaciones significativas.

Asociación entre la victimización infanto-juvenil y la violencia de pareja

Para el análisis de regresión, se usaron como variables regresoras los distintos tipos de VI (puntuaciones promedio en las subescalas del JVQ) (reportadas en las columnas 8 y 9 de la tabla 2) y el sexo, dadas las diferencias significativas entre varones y mujeres en algunas subescalas del JVQ y del CTS2 (tabla 4). La victimización por pares resultó la única variable que predijo dos modalidades de VP: la violencia física perpetrada y sufrida. La VP física presentó la mayor cantidad de variables predictoras, incluyendo cuatro tipos de VI. Además, el sexo resultó una variable predictora para los dos tipos de VP perpetrada, aunque con diferente efecto en cada uno. Por un lado, en este caso también el ser mujer es una condición de riesgo para ejercer VP física, mientras que ser varón incrementó la probabilidad de cometer coerción sexual.

Tabla 4

Modelos de regresión logística binaria para la violencia física y la coerción sexual perpetrada y sufrida en la pareja.

Criterio

Variables en el modelo

B

Wald

S

E

% Clasificación Global

% Varianza explicado

OR (IC 95%)

Perpetrada

Física

66.70

69.60

67.90

21.00

Delitos
comunes

-.08

10.96

.92** (.88-.97)

Victimización por cuidadores

.11

7.03

1.12** (1.03-1.22)

Victimización por pares

.13

.03

1.14*** (1.07-1.21)

Victimización indirecta

.06

4.32

1.06* (1.00-1.11)

Sexo

-1.05

7.97

.35* (.17-.73)

Sexual

80.90

41.70

71.20

07.00

Sexo

1.10

11.76

3.02** (1.61-5.68)

Sufrida

Física

59.50

58.90

59.3

05.00

Victimización por pares

.07

8.18

1.10** (1.02-1.13)

Sexual

-

-

-

-

-

-

Nota. * p << 0.05 ** p < 0.01 *** p < 0.001. S: Sensibilidad; E: Especificidad; OR: Odds ratio. En la variable Sexo se consideró mujer como categoría de referencia.

Discusión

El objetivo de este estudio es analizar el rol de la VI en la VP, en el marco de la hipótesis de la transmisión intergeneracional de la violencia. El estudio considera las diferencias de sexo y las diferentes modalidades tanto de VI como de VP en población general de Argentina. Las asociaciones registradas entre las variables de este estudio fueron específicas, y así se sugiere que determinados tipos de victimización durante la infancia constituyen un factor de riesgo para ciertos tipos de VP en la adultez. En otras palabras, la idea de que haber sufrido abusos o maltratos en la infancia y adolescencia predispone a la violencia contra otros significativos en la adultez debe matizarse ante el hallazgo de que esto no sucede siempre y en todos los casos, o de manera general. Por el contrario, la modalidad de la violencia o de los abusos sufridos, así como la direccionalidad y el tipo de violencia ejercida o perpetrada posteriormente deben ser tenidos en cuenta.

En cuanto a la prevalencia estimada, casi la totalidad de participantes informó haber sufrido al menos un acto de victimización durante su infancia. Esta elevada prevalencia es similar a la encontrada en muestras de jóvenes y adultos de países diversos, como por ejemplo Rusia (Bogolyubova et al., 2015), Estados Unidos (Elliott et al., 2009; Richmond et al., 2009), Chile (Pinto-Cortez , Gutiérrez-Echegoyen, et al., 2021) y Argentina (Bobbio et al., 2022). Si bien se han identificado estudios recientes en el contexto latinoamericano que reportan elevadas tasas de victimización infantil, sus muestras están conformadas por niños y adolescentes (de Azeredo et al., 2020; Miller-Graff et al., 2020). Este hecho dificulta la comparación con los resultados aquí expuestos, pues las experiencias de victimización se acumularían con la edad (Finkelhor, 2007).

Las altas prevalencias encontradas cuando se emplea el JVQ pueden explicarse porque este instrumento brinda un perfil de victimización completo que abarca una gran diversidad de experiencias que ocurren en diferentes contextos y que son perpetradas por diferentes personas (Finkelhor et al., 2009; Segura et al., 2018). Tal diversidad ha sido algo desatendida en encuestas de victimización previas que tienden a enfocarse en tipos únicos de victimización (por ej. sexual) y que, por tal motivo, reportan prevalencias más acotadas (Finkelhor, 2007).

En definitiva, nuestros resultados soportan hallazgos previos e indican que, cuando son analizadas de manera exhaustiva y multidimensional, las experiencias de victimización constituyen un fenómeno frecuente en la infancia, tanto en varones como en mujeres (Finkelhor et al., 2009). La inmadurez física y psicológica, así como la dependencia hacia lo adultos, explicaría por qué los niños son tan vulnerables a los distintos tipos de victimización que ejercen pares y adultos hacia ellos (Finkelhor & Dziuba-Leatherman, 1994).

Así mismo, nuestros hallazgos apoyan la evidencia previa de países hispanoparlantes (Méndez-López & Pereda, 2019; Pereda et al., 2014; Pinto-Cortez et al., 2022; Pinto-Cortez , Gutiérrez-Echegoyen, et al., 2021) y de otras regiones del mundo (Aho et al., 2016; Bogolyubova et al., 2015; Liu et al., 2020) en cuanto a los tipos de VI más prevalentes: delitos comunes, victimización por pares y victimización indirecta, respectivamente. Este hallazgo soporta la idea que propone que los niños son el grupo etario con mayor riesgo para la victimización en general (Finkelhor, 2007), ya que además de estar expuestos a delitos que ocurren en la adultez (como robos o agresiones con o sin armas) también son víctimas frecuentes de actos que ocurren especialmente durante la infancia: por ejemplo, ser agredido por el grupo de pares o hermanos, o ser testigos de agresiones entre sus padres.

Los resultados mostraron que en dos de las seis modalidades de victimización analizadas se registran diferencias significativas en función del sexo. La victimización online fue más frecuente en mujeres, lo que concuerda con los estudios previos en países hispanoparlantes (Bobbio et al., 2022; Pereda et al., 2014; Pinto-Cortez et al., 2022). Es preciso mencionar que la subescala de victimización online evalúa experiencias como el acoso o las solicitudes sexuales a través de internet. Estas conductas han sido identificadas por estudios recientes como las formas de victimización sexual más prevalentes entre las mujeres (Pinto-Cortez, Peña, et al., 2021). No obstante, en este estudio esa tipología resultó ser la menos prevalente. Una posible explicación a esta discrepancia podría ser la edad de las muestras evaluadas. La media de la edad del grupo aquí estudiado era superior a los 25 años. En ese sentido, es similar al estudio de Bobbio et al. (2022), que evaluó una muestra de jóvenes cuyo promedio de edad era de 22 años, y en el que la victimización online también resultó la modalidad menos prevalente. En contraposición, los estudios de Pereda et al. (2014), Pinto-Cortez et al. (2022) y Pinto-Cortez, Peña, et al. (2021) se realizaron con muestras de adolescentes de España y Chile, respectivamente, y con medias de edad alrededor de los 14 años; en estos estudios se reportan prevalencias de victimización online superiores a otros tipos de VI. El mayor acceso a la tecnología, así como el uso incrementado de redes sociales podría representar un riesgo para sufrir este tipo de victimizaciones entre los más jóvenes (Hamby et al., 2018). A pesar de las discrepancias señaladas en cuanto a la prevalencia, los hallazgos aquí reportados, así como los estudios mencionados, destacan la mayor vulnerabilidad que las mujeres tendrían para sufrir este tipo de victimizaciones. Por otro lado, la mayor prevalencia en varones de VI por parte de cuidadores coincide con la evidencia local (Bobbio et al., 2022). Este hallazgo podría explicarse por la mayor exposición de este grupo a la victimización en general. Al mismo tiempo, se destaca la necesidad de atender los patrones diferenciales en cuanto al sexo a la hora de diseñar programas de prevención de VI, tal como se ha sugerido recientemente (Méndez-López & Pereda, 2019).

Con respecto a la VP, en este estudio se identificaron cifras elevadas de violencia física, tanto perpetrada como sufrida, incluso superiores a las ya reportadas en la región (Arbach et al., 2015; Bott et al., 2019; Guzmán-González et al., 2014; Viejo et al., 2018). La discrepancia entre las cifras registradas ha sido consistentemente señalada en estudios de revisión (Desmarais et al., 2012b, 2012a; Rubio-Garay et al., 2017), y se atribuye a aspectos como la diversidad de definiciones operacionales de la VP, el marco temporal sobre el cual se recoge información o las características propias de la muestra, como su grado de deseabilidad social (Simpson Rowe & Jouriles, 2019). A parte de estas diferencias, las equivalencias en las prevalencias aquí reportadas en función del sexo coinciden con la literatura previa. En especial se destaca que las mujeres reportaron una proporción levemente mayor de VP física perpetrada que los varones, aunque esto no llegó a representar una diferencia significativa. Esta simetría entre sexos en lo que respecta a violencia física ha sido ampliamente documentada, principalmente con muestras de países anglosajones (Archer, 2000; Desmarais et al., 2012b, 2012a; Rubio-Garay et al., 2017; Straus, 2010). Los hallazgos de este trabajo apoyan la evidencia a favor de la bidireccionalidad de la violencia: que la VP física es una estrategia de resolución de conflictos interpersonales en una alarmante cantidad de parejas, y que es perpetrada y sufrida en una proporción similar entre los sexos (Rowe & Jouriles, 2019).

En lo que respecta a la VP sexual, los resultados aquí registrados son menos concluyentes. Por un lado, la mayor proporción de varones, en comparación con las mujeres, que indicó ejercer este tipo de VP es consistente con la literatura (Rubio-Garay et al., 2017). Sin embargo, no se registró una diferencia significativa entre sexos en cuanto a la VP sexual sufrida. Posiblemente, este hallazgo tenga como causa la utilización de personas como unidad de análisis y no de parejas. Otra posible causa puede ser la manera de evaluar este tipo de VP, tal como lo han indicado estudios que obtuvieron resultados similares (Fernández-Fuertes et al., 2011). Por otro lado, algunas de las conductas evaluadas por la CTS2 podrían no ser percibidas como agresiones por parte de la persona que las comete y, por lo tanto, contar con información sobre ambos miembros de la pareja sería útil para contrastar si la ausencia de diferencia entre los sexos se debe a un sesgo en la interpretación de quien responde.

Además, en este trabajo no se diferenciaron las prevalencias de VP de acuerdo con la orientación sexual, aspecto que dificulta la comparación con la bibliografía revisada. De todos modos, tanto nuestros hallazgos como los de la literatura previa (Krahé et al., 2014) alertan sobre una prevalencia alarmante de agresiones y coerciones sexuales en contextos de pareja tanto en varones como en mujeres. Ese fenómeno es justificación para contemplar las acciones tanto perpetradas como sufridas por ambos sexos en trabajos futuros, sin recaer en la idea tradicional del rol exclusivo de la mujer como víctima y del hombre como agresor (Echeburúa & Redondo, 2010).

El rol de la victimización infantojuvenil en la violencia de pareja

Los análisis de regresión permitieron explorar la capacidad explicativa de diferentes modalidades de VI en la VP física y sexual posterior. La VI explicó parte de la varianza de la VP física, tanto perpetrada como sufrida, pero no de la coerción sexual. Esta modalidad de VP se explicaría por factores diferentes a los contemplados aquí, tal como podrían ser el consumo de sustancias o las prácticas parentales —de acuerdo con la literatura (Vagi et al., 2013)—.

Contemplar diferentes modalidades de VI, especialmente aquellas que ocurren en el ámbito familiar, demostró ser útil en la predicción de la manifestación de conductas de violencia física hacia la pareja. Se han documentado de manera consistente las asociaciones aquí reportadas entre VI y VP (Capaldi et al., 2012; Kimber et al., 2018; Li et al., 2020; Smith-Marek et al., 2015; Stith et al., 2000). Esta evidencia soporta la idea de la transmisión intergeneracional de la violencia: la exposición a situaciones de violencia, como la agresión de los padres, entre sí o hacia hermanos, modelaría conductas violentas posteriores en los hijos (Kalmuss, 1984). En otras palabras, la conducta violenta podría ejercerse porque en etapas tempranas se aprendió que es una estrategia válida o útil en la resolución de conflictos interpersonales (Smith-Marek et al., 2015), como los que podrían surgir en una relación de pareja (Straus, 2005). En especial, se destaca un hallazgo: la victimización por padres y la victimización indirecta (por ejemplo, ser testigo de violencia entre los miembros de la familia) resultaron variables asociadas con la VP física perpetrada, más no para la sufrida. Estos resultados van en la misma dirección que los reportados por Smith-Marek et al. (2015) cuya asociación entre VI y la VP física fue más robusta para la violencia perpetrada que para la sufrida. No obstante, dicho estudio concluyó, junto con el trabajo de Li et al. (2020), que en los varones la asociación entre VI y VP perpetrada es más fuerte que la registrada en las mujeres. En contraposición, los resultados de este trabajo sugieren que las mujeres que sufrieron los tipos de VI antes mencionados tienen más probabilidades de ejercer VP física, en comparación con los varones que vivieron las mismas experiencias. El conocer bajo qué circunstancias las mujeres que han sufrido los tipos de VI identificados tienen más chances de perpetrar violencia física contra su pareja es todavía un interrogante a ser explorado en futuros estudios. Así mismo, una revisión sistemática concluyó que la relación entre ser testigo de VP entre los padres y ejercer VP en el futuro podría variar, no solo por el sexo del testigo de VP en su infancia, sino también por el sexo del progenitor agresor (Kimber et al. (2018).

La hipótesis de la transmisión intergeneracional de la violencia propone que las personas tenderán a imitar más las conductas del progenitor o cuidador del mismo sexo, dado que se identifican más con este que con el progenitor del sexo opuesto (Kalmuss, 1984). No obstante, y al igual que en otros estudios (Smith-Marek et al., 2015), en este estudio no pudimos probar esta hipótesis pues la versión aquí empleada del JVQ no indaga sobre el sexo del progenitor agresor. Así, los mecanismos precisos por los que la violencia familiar en la infancia influencia la conducta violenta posterior hacia la pareja es otro de los interrogantes para futuros estudios.

La victimización por pares fue predictora de la VP física, tanto perpetrada como sufrida. Esta subescala evalúa experiencias como haber sido víctima de agresión por parte del grupo de pares o de los hermanos. Si bien se ha identificado que sufrir acoso por los pares se asociaría con la VP sufrida (Capaldi et al., 2012), las consecuencias de la violencia entre los hermanos han sido poco investigadas (van Berkel et al., 2018). Los investigadores han denominado a estas experiencias victimizaciones pandémicas, dada su elevada prevalencia (Finkelhor & Dziuba-Leatherman, 1994). Previamente, se encontró que la violencia sufrida por los hermanos es un predictor de la VP física sufrida, aunque solo en muestras de mujeres (Hendy et al., 2012). Cabe destacar que esta diferencia en cuanto al sexo fue identificada cuando se controlaron variables contextuales como la seguridad en el barrio de residencia o el apoyo familiar, las cuales no fueron contempladas en el presente estudio. Los profesionales especializados en VI no han reconocido estas agresiones como problemáticas ya que estos actos generalmente son percibidos como normativos (Perkins & Meyers, 2020). No obstante, los hallazgos aquí reportados nos llevan a destacar la necesidad de que este tipo de VI sea considerada dado el riesgo que estos actos representarían en el futuro.

Implicancias

Los hallazgos de este estudio representan un aporte teórico a la hipótesis de la transmisión intergeneracional de la violencia: que las experiencias de victimización durante la infancia facilitarían la justificación, la aceptación o la naturalización de la violencia en las relaciones interpersonales durante la adultez (Yohros, 2021). Generalmente los estudios que exploran la asociación entre la VI y VP no distinguen entre los diferentes tipos de variables, mientras que los hallazgos aquí reportados sugieren que dichas asociaciones serían complejas y específicas. Por lo tanto, este trabajo resalta la importancia de explorar la asociación diferencial que pueden tener distintas modalidades de VI con tipos puntuales de VP (Li et al., 2019, 2020). Adicionalmente, este da luces sobre la bidireccionalidad de la VP física, un fenómeno que se ha reportado en muestras de población general (Arbach et al., 2015; Straus, 2010). Esta hipótesis postula que, entre aquellas parejas que reportan VP, ambos miembros pueden actuar como perpetradores y víctimas (Rubio-Garay et al., 2017). Este tipo de violencia, denominada VP situacional, ocurriría como consecuencia de un conflicto (Simpson Rowe & Jouriles, 2019). De esta manera, cuando un miembro se enfrenta a una agresión, su respuesta también podría implicar una conducta violenta.

Este estudio también tiene implicancias prácticas: quiere orientar el diseño y la planificación de estrategias preventivas, en especial en lo que concierne a las elevadas prevalencias de VI y VP registradas en diferentes etapas vitales, así como a sus asociaciones identificadas. Estas estrategias podrían operar en diferentes niveles: a nivel primario, es necesario contar con acciones psicoeducativas que fomenten el desarrollo de relaciones saludables y habilidades de resolución de conflictos libres de violencia (Piquero et al., 2016). Estas estrategias deben enfocarse en el seno familiar, dado que la mayoría de las asociaciones aquí registradas implican actos de VI que ocurren en el entorno más próximo de quienes las sufren. Adicionalmente sería conveniente implementar estas acciones en las instituciones en las que los niños y las niñas son matriculados tempranamente, dado el impacto que tiene el aprendizaje social en su conducta (Farrington et al., 2017).

Así mismo, este trabajo señala la importancia de la intervención específica con aquellas personas que reportan una elevada prevalencia de VI. La evidencia disponible recomienda la implementación de programas que reduzcan la exposición de los menores a tipos específicos de VI, como la violencia ejercida por padres y cuidadores (Simpson Rowe & Jouriles, 2019). Las cifras reportadas de este tipo de VI coinciden con los registros de organismos especializados en la Argentina (UNICEF, 2017) y a nivel mundial (UNICEF, 2014); indican que este tipo de conductas muchas veces son empleadas como método de disciplina. Considerar estos actos como normativos implicaría naturalizar la violencia como un modo válido de resolución de conflictos; se facilitaría así el desarrollo de patrones de conducta antisociales (Gershoff & Grogan-Kaylor, 2016). A nivel de prevención secundaria, es importante identificar tempranamente a aquellos niños que reportan VI. A pesar de que las estrategias preventivas en este nivel son escasas, se ha sugerido la implementación de medidas como la incorporación del cribado de VI en los controles pediátricos de rutina (Hughes et al., 2017), a fin de evitar las consecuencias negativas de estas experiencias, así como nuevas victimizaciones.

Finalmente, a nivel terciario son importantes las acciones dirigidas a poblaciones vulnerables, las personas con mayor riesgo de VP. Las intervenciones más difundidas en los países anglosajones se han centrado en programas dirigidos exclusivamente a varones perpetradores y a mujeres víctimas de VP (Bohall et al., 2016). Estas intervenciones han demostrado poca efectividad, y se han centrado especialmente en las expresiones más graves de VP. Entre los factores que afectarían la fiabilidad se ha mencionado la falta de consenso en la definición de VP en dichas intervenciones. A la par, se ha reportado escasez de programas que incluyan a mujeres perpetradoras y varones víctimas de VP, los cuales han desatendido a las cifras de violencia física equivalentes entre sexos consistentemente reportadas (Simpson Rowe & Jouriles, 2019).

Limitaciones y futuras líneas de investigación

El presente estudio sufre de una serie de limitaciones que deben tenerse en cuenta a la hora de interpretar los resultados. Por un lado, debe mencionarse la naturaleza transversal del estudio, que permite evaluar la relación entre las variables en términos de asociación, pero no de causalidad (Simpson Rowe & Jouriles, 2019). Destacamos el aporte que brindan los datos transversales de este trabajo como una primera aproximación al fenómeno, especialmente dada la complejidad de los estudios longitudinales y la escasez de investigaciones en la región que analicen las variables aquí incluidas. No obstante, existen estudios longitudinales que sí reportan esas asociaciones (Farrington et al., 2013).

Por otro lado, la evaluación retrospectiva de la exposición a experiencias de VI y VP podría conllevar sesgos de memoria, ya que los instrumentos utilizados interrogan sobre experiencias que han ocurrido en etapas previas de la vida, especialmente la información recogida por el JVQ (Manterola & Otzen, 2015). La dificultad para recordar de manera precisa estos hechos podría tener como consecuencia una valoración errónea de los fenómenos, y derivar en una sub o sobreestimación del fenómeno. No obstante, los escasos antecedentes generados en los estudios longitudinales, cuyo diseño facilita un mayor control de este tipo de inconvenientes, van en la misma dirección que los resultados aquí reportados (Ehrensaft et al., 2003; Li et al., 2020).

Una última limitación obedece al tipo de muestreo empleado: al no ser probabilístico no permite una generalización rigurosa más allá de la muestra explorada. Así mismo, ciertas características —como el tamaño de la muestra y su composición sociodemográfica— dificultan la generalización de los resultados. Sin embargo, trabajos como el de Desmarais et al. (2012b, 2012a) hacen revisiones de la literatura y distinguen entre grupos con diferentes características sociodemográficas, y sus resultados en cuanto a la VP son consistentes con los hallazgos obtenidos en este trabajo.

Teniendo en cuenta las limitaciones mencionadas, sería conveniente que futuras investigaciones cuenten con diseños prospectivos que permitan evaluar la asociación de las variables de manera longitudinal. También sería deseable que los estudios empleen muestras representativas con la finalidad de generalizar sus resultados al universo de adultos de Argentina. Dados los resultados registrados en los análisis de regresión, cabe la posibilidad de que existan otras variables que ejerzan una función en las asociaciones identificadas. El porcentaje de varianza explicada osciló entre el 5% y el 21% para los modelos probados; es de destacar la necesidad de incluir otras variables relevantes. Específicamente, la evidencia sugiere que características personales como la resiliencia podrían ejercer un rol importante en la asociación entre la VI y sus consecuencias asociadas (Walklate, 2011). Los próximos estudios en esta temática deberían considerar la inclusión de esta variable.

Conclusiones

Este es el primer estudio en explorar la asociación entre la VI y la VP en población argentina con instrumentos validados y ampliamente difundidos entre la comunidad científica internacional. En general, los hallazgos de este trabajo soportan la hipótesis de la transmisión intergeneracional de la violencia. A su vez, las asociaciones registradas dan cuenta de la compleja relación que existe entre ambas variables. En la misma línea de la evidencia reciente, este estudio concluye que debe atenderse a la especificidad de cada tipo de VI, así como de cada modalidad de VP perpetrada y sufrida a la hora de explorar la posible asociación entre estos hechos.

La elevada prevalencia de VI y VP informada señala la importancia de contar con información contrastada y la necesidad de evaluar las políticas disponibles a la luz de los datos registrados. Se destaca especialmente el análisis enfocado a las estrategias preventivas de violencia en el ámbito intrafamiliar, dadas las asociaciones encontradas. También es necesaria la evaluación de los programas teniendo en consideración la similitud de resultados entre los sexos en cuanto a la elevada prevalencia de VP física reportada. En resumen, este trabajo pretende sumar evidencia a nivel local y regional que permita evaluar y generar intervenciones eficaces basadas en la evidencia.

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